februarie 2003
Al principio, debió de ser casi como un secreto entre iniciados. Los muy amigos se pasarí­an unos a otros la buena nueva. Con feliz excitación serí­a comunicada y recibida de boca a oí­do. Brillarí­an los ojos bien abiertos, y se esbozarí­an gestos de falsa, sorprendida incredulidad. "Que no puedo creerlo. ¿Es de veras? Pero ¿es de veras?" Y sí­, era cierto; rigurosamente cierto. En aquella remota clí­nica, oculta tras de las fabulosas selvas tan temibles en el pasado, un verdadero mago de la medicina geriátrica administraba ahora el tratamiento de absoluta garantí­a mediante el cual todas las miserias de la edad quedaban aliviadas primero y al fin desaparecí­an por completo. Siempre soñó la Humanidad con el elixir de la eterna juventud; el pacto del Doctor Fausto encendió desde antiguo las imaginaciones; y en tiempos todaví­a recientes quiso verse una promesa firme en el injerto de glándulas que con poco éxito practicaba un Dr. Voronof de transitoria notoriedad. Pero ahora se trataba de otra cosa. Ahora estábamos en manos de la verdadera ciencia, que sólo promete aquello capaz en efecto de cumplir, y que en último término pone sus descubrimientos a disposición del género humano en su totalidad.

Al principio serí­a casi como un secreto entre iniciados: magnates de la industria, famosos playboys valetudinarios, dictadores empedernidos, viejas estrellas de cine, directivos de las grandes uniones sindicales endurecidos por la lucha, veteranos cantantes fatigados por las demandas excesivas del micrófono y de los focos, se eclipsaban por un momento, desaparecí­an de la escena pública durante un par de semanas o tres, y antes de que las especulaciones acerca de su ausencia hubieran cundido, ya estaban de nuevo ahí­, radiantes de una energí­a milagrosamente restaurada. Incluso circuló el rumor de que Su Santidad mismo, impaciente con las dolencias que estaban obligándole a descuidar su dilatada grey, habí­a acudido también - bajo cautelas extraordinarias, eso sí­, para guardar la mayor reserva- al nuevo santuario de la ciencia, de donde regresarí­a con recuperado vigor... De vuelta a casa, solí­an estos privilegiados regalar a sus más í­ntimos el relato de la gran experiencia, facilitándoles todos los detalles útiles para que a su vez pudieran aprovechar tan maravillosa oportunidad. Sólo ellos poseí­an al principio los datos exactos acerca de la personalidad del asombroso doctor, persona él mismo -aseguraban- de edad avanzadí­sima pero de un verdor perenne, hombre ágil, alegre, eficiente en grado sumo, y muy amable aun- que también muy estricto en cuanto a la observancia del régimen que prescribí­a, y siempre dispuesto a brindar con entera generosidad a cuantos la necesitasen y desearan la droga prodigiosa de cuya fórmula era único y fiel depositario.

Pero pronto empezó a difundirse fuera de los estrechos cí­rculos de los potentados la noticia de este doctor mágico que, en su misterioso sanatorio, habí­a restablecido las destituidas fuerzas de tal o cual dictador sudamericano, de tal o cual tycoon japonés, de tal o cual rey de la industria automotriz norteamericana o alemana, de tal o cual prí­ncipe árabe, de tal o cual cineasta italiano, de tal o cual dama de la declinante aristocracia británica, para no hablar de los vetustos personajes que gobiernan el mundo socialista; y así­ pudieron irse conociendo las particularidades de algo que era, sin duda alguna, una bendición destinada al común de los mortales y no habí­a de quedar reducido al privilegio de los happy few, de la beautiful people. Con general satisfacción se supo que el tratamiento en cuestión no tení­a, ni mucho menos, lo que se dice un precio prohibitivo, pues era claro que el afán de lucro no entraba para nada en esta empresa humanitaria. La mayor dificultad para la obtención de sus beneficios radicaba más bien en conseguir admisión e ingresar en el sanatorio, tan asediado ya por numerosos solicitantes desde todos los puntos del globo terráqueo.

Se encontraba situado el establecimiento en un apartado lugar - lugar ameno y gratí­simo, según lo describí­an quienes allí­ habí­an pasado una temporada; lejos de cualquier ciudad, en medio del boscaje, con vistas sobre una playa muy hermosa, y envuelto en un silencio que permití­a el reposo indispensable para un mejor resultado de la cura. Hechos los arreglos pertinentes, no habí­a problema alguno para llegar hasta allí­: un auto- móvil recogerí­a en el aeropuerto más próximo al paciente, quien, a partir de ese instante no tení­a sino dejarse llevar, pues ya habí­a entrado dentro del sistema donde todo estaba previsto, preparado y a punto hasta la hora dichosa en que, dado de alta, saliera del sanatorio satisfecho, jocundo y... ¡como nuevo! El único requisito era atenerse con escrupulosa docilidad y tranquila obediencia a las prescripciones exigidas. Siguiéndolas al pie de la letra, podí­a estarse seguro de conseguir por último una estupenda sensación de bienestar con perspectivas vitales en las que ni siquiera hubiera soñado uno.

Todo era, pues, sencillo, diáfano, perfecto; y desde luego la atmósfera de secreto que - muy a pesar de su director- pareció al comienzo rodear al sanatorio del Dr. Gefilte Fish, no tení­a otra causa que la expectación curiosa producida siempre por cualquier novedad, y más cuando quienes la conocen piensan poder convertirla en monopolio de una minorí­a distinguida.

Que jamás fueron tales los designios de aquel eminente hombre de ciencia, cuyos desvelos iban - según quedó dicho- encaminados a favorecer al género humano en su conjunto, pudo comprobarse tan pronto como, en la prensa de los más diversos paí­ses, empezaron a aparecer anuncios divulgando la accesibilidad de ese bien que todos aspiramos a alcanzar: la prolongación indefinida de nuestra permanencia sobre el planeta, que si a algunos pocos desquiciados se les antoja inhóspito y desean escapar por el foro de su animado escenario, ¡allá cada cual con su humor! La inmensa mayorí­a de los vivientes, por mucho que nos quejemos, preferimos permanecer en él el mayor tiempo posible...En suma, los anuncios informaban con simple puntualidad y en estilo más bien lacónico sobre el procedimiento para lograr el anhelado bien: cómo solicitar admisión al sanatorio, documentos a presentar, agencias mediadoras, costos, plazos de pago y demás formalidades que, una vez cumplidas, darí­an derecho a recibir el tratamiento. A partir de ese instante sólo faltaba ya aguardar a que el solicitante recibiera una cédula de aceptación con la fecha fijada para su ingreso. Ni recomendaciones especiales, ni complicaciones de clase alguna.

A mí­, esos anuncios me llamaron la atención desde la primera vez que me los eché a la cara. De entrada, me resultaron atractivos. Será cierto, y no tengo inconveniente en reconocerlo, que estamos embarcados todos en esta nave de los locos que es el mundo; pero desde luego no seguirí­a yo, como los borregos de Panurgo, al insensato que se tirase por la borda. Muy al contrario: no sólo estoy resignado a trampear con las inevitables penalidades que puedan sobrevenir, sino contento de poder ir saliendo adelante, sobre todo desde que tuve la suerte de acertar aquella bendita quiniela por cuya virtud me encuentro libre de penurias económicas y en condiciones de disfrutar con holgura hasta el fin de mis dí­as, aunque sean todaví­a más largos que los de Matusalén. Lo que deseo es que se prolonguen al máximo. Así­ es que, tan pronto como vi los anuncios del famoso Dr. Gefilte Fish en el periódico, me dije: "¿Por qué no has de vivir tú más que Matusalén?"; y sin vacilar demasiado, reuní­ mis papeles, me acerqué a la agencia, y - previo abono de las cantidades estipuladas - solicité mi admisión al sanatorio.

No pudieron indicarme al pronto cuánto tiempo tendrí­a que esperar; sabí­a - y ellos me lo confirmaron- que por lo regular es un lapso bastante considerable. Y, como desde que acerté la quiniela, estoy libre de la servidumbre del trabajo, y a ratos me aburro, decidí­ emplearlo en aprender la lengua del pequeño y harto desconocido paí­s donde el establecimiento se encuentra. Era ésta, desde luego, una diligencia ociosa. Para todos los trámites llevados a cabo, así­ como para recibir luego las instrucciones propias del tratamiento, basta y sobra con esas cuantas frasecitas de inglés básico que nadie ignora: pero ¿qué perdí­a yo - me dije - con llenar mis horas vacantes adquiriendo aquel idioma extraño en lugar de ejercitar mi paciencia en hacer solitarios con la baraja o resolver crucigramas, imposibles problemas de ajedrez? Fácil me fue proveerme de los equipos electrónicos necesarios, y algo más difí­cil procurarme el material docente para una lengua que, por lo visto, nadie tiene interés en estudiar; pero con pertinacia pude conseguirlo, y en seguida me puse a la tarea. Los varios meses de mi espera fueron plazo suficiente para que llegara a alcanzar aceptable destreza en el uso de aquella lejana lengua, y hasta tuve la oportunidad de probar en la práctica mi nueva proficiencia cuando, en la barra de una cafeterí­a, se me deparó el raro azar de entablar contacto pasajero con cierto individuo, emigrante o refugiado polí­tico o quizá mero estafador internacional, procedente del paí­s adonde me proponí­a yo ir a buscar la fuente de Juvencio.

Sin embargo, cuando llegó - que todo llega- el momento de trasladarme a él e ingresar en el celebrado sanatorio, no pude al pronto lucir mis flamantes habilidades lingüí­sticas: tan bien organizado lo tení­an todo, que no hubo caso. Al descender del avión me encontré reunido con unas cuantas personas de diverso origen y aspecto, pacientes como yo de seguro, y el grupo que formábamos fue conducido a un autobús, y el autobús, tras no excesivamente largo trayecto en la oscuridad nocturna, se detuvo ante el umbral del establecimiento, donde alguien, recogiendo las cartas de identificación, nos distribuyó por las habitaciones en cuyas puertas un tarjetón ostentaba el nombre del usuario a que cada una estaba asignada.

Era de noche, y ya muy tarde. Durante el viaje de autobús apenas habí­a podido divisar nada, ni tampoco ahora, en el edificio, me llamó la atención cosa alguna. Estaba muy cansado. Mi cuarto parecí­a cómodo, era agradable, limpio. Sin apenas colocar en el armario los enseres que saqué de mi maletí­n, me desnudé, me puse el pijama, y me metí­ en la cama. Apagué la luz, y quedé dormido de inmediato: estaba cansadí­simo. Dormí­ profundamente.

A la otra mañana, apenas abiertos los ojos y cuando me hube desperezado un poco entre las sábanas cavilando en cómo empezarí­a mi primera jornada de tratamiento, vi abrirse la puerta e irrumpir en el cuarto una enfermera, cuya amable sonrisa mal disimulaba la amenaza de la jeringa con que vení­a armada: su evidente propósito era aplicarme una inyección hipodérmica. Atolondrado, salté de la cama, y ya ella me estaba conminando - por señas bien explí­citas, y acentuación de su franca sonrisa- a que descubriera la región de mi cuerpo donde suelen clavarse con más espacio las salutí­feras inyecciones. Vacilé un instante: bajo su uniforme de enfermera, era aquella mujer una campesina robusta de simpática apariencia. Recordé las instrucciones recibidas: estricta sumisión a cuanto me fuera prescrito -y me decidí­, según se me ordenaba, a descubrir mi trasero. Pero ¿cómo hubiera podido hacerlo sin dejar ver también la parte anterior, tanto más que - sin duda por virtud del sueño reparador- se ostentaba en ella con evidente insolencia una extemporánea dilatación y un erguimiento fuera de propósito? En vista de lo cual, rompió a reí­r la simpática enfermera.

"Perdone", quise disculparme; y buscando en mis conocimientos de su idioma las palabras adecuadas para formar una frase de conciliadora galanterí­a, le dije como mejor pude que, por favor, interpretara aquello como una especie de involuntario homenaje a su persona. . . Pero ¡qué! Al darse cuenta ella de que, malo bien, hablaba yo el idioma del paí­s, me replicó, muy seria ahora, desconcertada, alarmada casi: "Señor mí­o, usted no tendrí­a por qué estar aquí­". A duras penas procuré explicarle entonces (mientras que maquinalmente procuraba ella ponerme la inyección) que no era en efecto mi decadencia fí­sica lo que me habí­a movido a buscar el tratamiento del Dr. Gefilte Fish, sino más bien un deseo de prevenir para el futuro esa decadencia, manteniéndome en buen estado conforme avanzaran los años. La enfermera no parecí­a atender a mis palabras, quizá no las comprendí­a: y - debo decirlo - el cumplimiento de su deber profesional dejó bastante que pedir: el pinchazo me hizo daño, aunque me abstuve de quejarme, atribuyéndolo a un manifiesto nerviosismo.

Salió la mujer con la misma brusquedad con que habí­a entrado, y yo me volví­ de nuevo a la cama. Quizá esto fuera aprensión mí­a, pues los efectos de la inyección no hubieran podido ser tan inmediatos; pero es lo cierto que estaba un poco aturdido, y hasta me sentí­a invadido por rara somnolencia.

Después de un rato cuya duración no podrí­a precisar, y medio adormilado como estaba, empezó a llegarme desde fuera de la puerta o de junto a la ventana del cuarto el rumor de una conversación. Era como un susurro, un zumbido; y sobre su fondo oscuro pronto pude distinguir dos voces femeninas que se alternaban, se interrumpí­an, se superponí­an a veces. Por último, creí­ ir reconociendo en el diálogo algunas palabras. Puse atención: y cuanto más me fijaba y más oí­a, más me iba pareciendo que se referí­an a mí­, al paciente que era yo. Probablemente la enfermera comentaba con otra los detalles de nuestro primer contacto; quizá se burlaban de mí­. Al fin llegué a darme cuenta de que su comentario giraba en torno al hecho -¿insólito acaso?- de que yo conociera la lengua nativa de aquel paí­s. Pero ¿por qué habí­a de llamarles tanto la atención ese simple hecho, ese hecho insignificante?

Empecé a preocuparme un poco. Imaginé incluso que trataban de expulsarme del sanatorio, o de cambiarme a algún otro lugar, qué sé yo... Una de las interlocutoras puso término a la conversación con esta frase, que sí­ comprendí­ claramente: "Tú, déjalo de mi cuenta – dijo -. Yo me encargo de él".

Y ¡lo dicho!: no habrí­a pasado media hora cuando me entraron el desayuno al cuarto: y, acompañando al melancólico desayuno de hospital, entró también una mujer, especie de inspectora, o médica, o jefa de algo a juzgar por su aspecto y porte. Esperó a que se hubiera retirado la camarera; y entonces me saludó, muy cumplida y resuelta, en su idioma, para preguntarme si me sentí­a a gusto, si necesitaba alguna cosa. Por supuesto que yo me alegré de poder lucir al fin mis flamantes habilidades lingüí­sticas. Mantuvimos una charla demorada y apacible, durante la cual averiguó todas mis circunstancias: una especie de charla amistosa, sin lápiz ni cuaderno, sin las habituales anotaciones, que, desde los detalles personales, se extendió luego a cosas de más general alcance. Tuvo ella curiosidad por conocer muchas particularidades de mi propio paí­s, y yo por mi parte no vi inconveniente en informarla de cuanto quisiera saber y le interesara. Lo que me interesaba a mí­ era conocer lo relativo al tratamiento que me aguardaba, asunto sobre el que no pareció dispuesta a ser demasiado explí­cita. Comprendo que para quienes están en la tarea diaria ese tema pertenece a una aburrida rutina de la que no apetece hablar, y nadie tiene gana de explayarse sobre lo tan trillado. Me dijo, a preguntas concretas mí­as, que el señor director, el Dr. Gefilte Fish, supervisaba todas las actividades de la Casa, y sólo al término de cada tratamiento acostumbraba visitar a los pacientes para asegurarse de su éxito y darlos de alta. Hasta ese momento, los pasos sucesivos eran vigilados y controlados por personal muy eficiente...

Fue, como digo, una conversación agradable. Sin duda, debí­ de caerle bien a aquella señora. Cuando iba ya a despedirse, se detuvo en la puerta y me previno que en mi trato con dicho personal -en definitiva, con cualquier clase de gentes- debí­a abstenerme de usar la lengua del paí­s que con tanta aplicación habí­a aprendido; y ello, no por nada, sino tan sólo para evitar el riesgo de que, en razón de conveniencias administrativas, quisieran trasladarme al edificio del sanatorio destinado a los clientes de procedencia local. Éste donde nos encontrábamos, reservado para los extranjeros, era mucho más confortable, más lujoso, estaba mejor atendido; era, en una palabra, preferible; y como yo le habí­a sido simpático, me aconsejaba esa precaución: lamentarí­a ella que el entusiasmo con que me habí­a esforzado en aprender su lengua redundara en perjuicio mí­o. "Ah, pero ¿hay entonces otro sanatorio para... ?", inquirí­. "Otro edificio. Ahora debo irme a cumplir mis obligaciones. No olvide lo que le he dicho: hable siempre en inglés o francés. Y tan pronto como pueda, volveré a tener el placer de charlar con usted." Dijo, y se marchó, dejándome un tanto perplejo.

Desde luego, seguí­ sus prescripciones. Según me habí­a indicado, guardé para mí­ el fruto de mis desvelos lingüí­sticos, prometiéndome preguntarle, tan pronto como de nuevo me la echase a la cara, toda una serie de cuestiones acerca de la organización a que habí­a confiado yo mis justos anhelos de larga y próspera pervivencia. La rutina del tratamiento - inyecciones, pí­ldoras, régimen especial de comidas y ejercicios fí­sicos- no me impresionó como cosa excepcional. Empecé a cumplirlo sin entusiasmo, pasivamente, mientras con impaciencia aguardaba la próxima entrevista con la amable doctora. No tardó mucho en producirse esa próxima entrevista. Y tras ella, en seguida otra; y después, varias más. ¿Para qué dilatarme en el relato de nuestras frecuentes pláticas? Baste decir que en su curso creció entre nosotros una buena y firme amistad, amistad que habí­a de tener consecuencias muy serias, más para la doctora que para mí­ mismo. En cuanto a mí­ se refiere, supe por lo pronto que el famoso sanatorio del Dr. Gefilte Fish constituí­a en verdad toda una red de edificios gemelos diseminados, con localizaciones semejantes, a lo largo de la costa; y que al frente de cada uno se hallaba un alter ego del reputado Dr. Gefilte Fish, de cuya verdadera identidad, por lo demás, nadie parecí­a estar muy seguro. Lo que sí­ era cierto es que, al comienzo, la fama universal ganada por el establecimiento primitivo, la gran demanda de plazas llegada a lugar tan selecto y exclusivo desde las cinco partes del mundo, hizo pensar en la conveniencia de duplicarlo a pocos kilómetros del emplazamiento original. Y conforme iba creciendo luego esa demanda, como en efecto crecí­a de manera incesante, el modelo siguió proliferando en siempre nuevas réplicas, hasta el punto de que ahora ni aun los más enterados conocí­an ya el secreto entero de la organización, cuyo plano quedaba reservado a poquí­simas personas, acaso tres o cuatro nada más.

Tampoco era asunto demasiado diáfano el de la eficacia del renombrado tratamiento. Como en Lourdes o en Fátima, también aquí­ se ponderaban mucho sus logros; se cacareaban y exhibí­an con aparatosidad publicitaria los casos de longevidad notable, quedando silenciados en cambio, omitidos y relegados al olvido aquellos otros que el sanatorio no hubiera podido mostrar con orgullo.

En el mí­o personal no habrí­a motivo para hablar de fracaso, más bien al contrario. Hasta hoy no puedo quejarme; los años pasan, y aquí­ sigo yo, tan terne. Ya se verá si alcanzo o no a competir en edad con el paradigma matusalénico. Tampoco esto me importa ya demasiado. Como solí­a hacerme notar en aquellas conversaciones nuestras mi amiga la doctora, lo importante no es vivir mucho tiempo, sino vivirlo tranquilo y contento. Tranquilo y contento vivo yo. Y entre las satisfacciones que mi residencia en la tierra me ha proporcionado, no fue una de las menores la de haber podido ayudar a esa buena amiga mí­a en su empeño, nada fácil, de escapar de la tela de araña del sanatorio, y - como dijo el otro - "elegir la libertad". Hoy ejerce aquí­, en nuestro paí­s, su profesión médica, con dedicación honesta y modesta, en consultorio propio bien acreditado.

De vez en cuando nos vemos, salimos a cenar juntos. Es una excelente amiga.

(1982)

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