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Ramon Gomez de la Serna - El hombre perdido


februarie 2003
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Mi insistente deseo de evasión no habí­a encontrado oportunidad ni recodo pero ya estaba cansado de esa vida de creer ir a lograr lo que nunca se hací­a efectivo.

Al pensar en eso se me abrió una sonrisa de cierre reIámpago.

Paseaba dejando morir la tarde junto a los yuyales de la ferroví­a.

Como final de verano se moví­a y revoloteaba hacia el Norte una plaga de mariposas coloradas, con algo de oscuras hojas secas que preambulizaban la caí­da de las hojas muertas, siendo su ballet póstumo.

Como estaba en liquidación de pensamientos y proyectos, parecí­an también aquellas mariposas rojo oscuras como el escape y barredurí­a de los papeles rotos en menudos trozos que no podí­an remontar la altura, empujados por un viento rasero de la tierra.

Se oí­an despedidas de tren a lo lejos, en los empalmes vivos distribuidos del lado allá de la gran playa acangrejada de balasto, el tosco pedregullo que llena las entreví­as.

Daba frí­o aquella explanada de la antracita húmeda, rayada de acero y empujando al viaje, como si fuesen largos imanes que atrajesen el material móvil que estaba en los andenes sin atreverse a arrancar.

"¡No, por Dios! ¡Otro viaje no!", exclamaba mi alma escondida entre las zarzas ardientes.
Fuera de los escapes absurdos de la vida, que no pudieron ser duraderos, porque nunca pude establecerme en ellos, sólo conocí­a un sitio estable, como fuera de la existencia en común, y, sin embargo, al lado de ella: las trochas muertas del ferrocarril, como ancha orilla de los primeros kilómetros junto al terraplén de la plataforma viva de la estación central, un plus de terreno que las grandes compañí­as adquirieron para aumentar algún dí­a sus trazados de lí­neas, cruces y empalmes.

Esa riqueza silvestre que holgazanea alrededor de los andenes sobrecargados y del campo de maniobras de los vagones que esperan; estaba dedicada a los vagabundos sin techo o a los que han tenido el supremo desprendimiento de abandonarlo todo.

Siempre habí­a mirado hacia ese intervalo entre la vida y el viaje con un mudo deseo de refugiarme allí­ algún dí­a, ensayando el único cupón en blanco de las ganancias de las grandes empresas.

En los atardeceres con triste despedida del campo, de donde más difí­cil me era desprenderme era de ese cobijo verde de los miserables sabios.

Nada de ir muy lejos y encontrarme con la misma vida, sino que más estrechamente vigilada por lugareños que no comprenden nada.

Allí­, entre esas mercancí­as abandonadas desde muy antiguo, con cardales espesos y falso cereal, hierbas altas con espigas engañosas, vací­as de grano.

No tení­a que tener más que el valor de quedarme, de tirarme en la camada de los vagabundos que no se ven unos a otros - tan extensa es su cama - y esperar al dí­a siguiente sin pensar en nada.

La noche era veraniega y las estrellas, abandonadas por la luna, parecí­an llamarla a gritos.

Tení­a el encanto de los sitios arrancados a la vida y la muerte, dejados en paz por los hombres y sus recaudadores de contribuciones.

Allí­, entre esas mercancí­as abandonadas desde hace mucho tiempo en grandes cajas, se corre el peligro de transmutarse en objeto, en cristal, en caucho, en cajón de clavos grandes, pero bien merece la pena la soltura y libertad que se goza.

¡Por fin habí­a encontrado el sitio ideal para pernoctar! ¡Ya me podí­a esperar, atenta al reloj, la que en mis adentros llamaba "la finada"!

"Algún dí­a - pensaba para mis adentros - me quedaré en ese sobrante de la anchurosa y larga propiedad de los accionistas del carril en espera de los ferrocarriles futuros."

Pero me volví­a a casa dando largas a ese que debí­a ser penúltimo deseo de la perdición. Antes habí­a que agotar muchas cosas, esperar muchas esperas, contar con las novedades del progreso, encontrar un empleo sosegado y feliz.

Pero todo eso habí­a pasado a ser desesperanza, y la rubia bruñida me hací­a la vida imposible.

"¿ Y si con lo puesto y sin corbata, con la chaqueta al brazo y el botón del cuello arrancado, me quedase esta tarde?", me preguntaba insistentemente.

Me senté al borde del erial espeso y me quité la corbata, como si fuese una apretada liana.

"¿La tiro o me la guardo, por si desisto?" Me la guardé, en un bolsillo.

Pasaban con miradas de disimulo hombres con pantalones de elefante, miserables "patas de perro", andrajosos, haraposos, vestidos de arambeles, con zapatos para pasar por la muerte.


Iba anocheciendo, y la decisión era marcada por los minutos que pasaban como si un revisor de los actos decisivos me agujerease cada cuarto de hora el ticket de mi opción perentoria.

En el relucimiento último de las cosas, las ví­as enterradas bajo las plantas parásitas brillaban como vetas de agua que siguiesen su camino hacia un arroyo próximo.

A través de los años me habí­a dado cuenta de que siguiendo una ley bí­blica aquel era el único sitio de que no echaban.

Ni siquiera se molestaban en dar una batida en aquellos jaramales los guardias, a no ser que hubiese habido un crimen que aludiese demasiado al hampa.

Aquella tregua de terreno estaba entre la propiedad privada y la propiedad pública, y era como un vivero de durmientes, algo que le iba bien a esos restos de vallas y postes que sirven para afirmar las ví­as.

No podí­a creer en el desinterés de los propietarios al dejar al trotacaminos aquel lugar de descanso.

¿No serí­a que empollaban sueños de viaje que se convertí­an en efectivos viajes de otros en las ventanillas de las billeterí­as? ¿Quizá que con esa caridad se hací­an perdonar el porcentaje excesivo de sus tarifas?

Pero el caso es que allí­ mismo, detrás de mí­, con algún vagón abandonado y roto, se adunaba el rincón de las posibilidades únicas de escondite a salvo de persecuciones.

Ante el llegar de la noche y como si el revisor de mi radical decisión me viniese a marcar con su aparato de dentista el último agujero, me decidí­ a quedarme, y poniéndome en pie comencé a internarme con el pudor de quien da un paso pecaminoso.

Peinaba con los pies la cabellera abandonada de los yuyos y buscaba mi ví­a entre las ví­as.

Sonreí­ al pensar que allí­, y no en otro sitio, estaban los verdaderos ramales del destino, su sistema venoso final.

Ya dentro del paraje se volví­a inmenso su campo y se veí­a al mundo como desde otro mundo.

Cardenchales y cardizales y las gándaras últimas.

Oí­a una voz interior que me querí­a amedrentar.

"Ahí­ te matarán... Tienen cuchillos de acero nacidos del acero de las ví­as muertas y que por eso son tremendos."

Diógenes me dijo al pasar:

- Buenas tardes... Sí­, soy yo... Así­ eran mis ruinas y mi tiempo... Soy del mismo barro pero nacido en otra alfarerí­a... Lo único que respetan los que edifican y los que hacen calles son estas márgenes de los ferrocarriles... Hasta a veces me como una de estas gallinas que andan sueltas y que no se sabe de quién son.
Por fin encontraba a mano la mujer rubia y dadivosa, vestida de blanco y viéndosela los pendones de la camisa. Dos o tres arbolillos que sólo habí­an crecido como arbustos me señalaban cabecera para el dormir.

"Primero puedo pasear en mis nuevas lindes", me dije, y encendí­ el cigarro de la gran sobremesa de la libertad.
Habí­a visto la lenta y tranquila actitud de los vagabundos en esa faena de estar levantados sobre su lecho sin desahucio, y yo, que habí­a tenido todos los gestos que permite hacer la vida, noté que en mi nueva actitud tení­a un aire inédito, un afondamiento especial, como de monolito del valle que vaca desde el principio del mundo hasta el final.

Habí­a creí­do que en aquella revuelta de la vida, en aquel espacio marginal y herboso, estaba la liberación, y ya estaba allí­ dispuesto a dormir en la extrema libertad.

Lo único malo es que no acababa de conocer bien las ví­as muertas, y eso podí­a costarme la vida o una pierna cercenada, como hací­a pocos dí­as le habí­a costado a un vagabundo que estaba durmiendo en estos parajes, por los que no pasa más que el silencio.

¿Pasarí­a una de esas locomotoras que conducen veinte vagones dormidos desde hace tiempo en otras ví­as?

Todaví­a de dí­a podrí­a suceder eso, pero de noche tení­an que contar con los ex hombres muertos de sueño.

Más peligro entrañaba ese mundo de vagabundos cobrizos que no son hospitalarios, que creen tener dominio absoluto sobre el nullius. Ellos podí­an rifar mi vida sobre mi propio sueño.

Tumbado con largura de mapa y con la cabeza apoyada en una dulcamera de las que alternaban con los cardos en el paraje frondoso, me desperecé de tal modo que varié de sitio mi esqueleto en el fondo de la carne y sentí­ un descanso supremo, preconizador de buenos sueños, y se me comenzaron a pegar los ojos.



Anexo Final

Recorte del diario EL DíA


SUCESOS

"En los terrenos baldios que marginan la red ferroviaria del Sur ha aparecido el cadáver de un hombre tan destrozado que no ha podido ser identificado."
"Parece ser que debió ser atropellado, mientras dormí­a, por uno de los trenes de carga compuestos de innumerables vagones que llevan las mercancí­as al Kí­lometro No 5 donde se forman las expediciones definitivas."




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